Pocos meses después de que Olivier Guez escribiese su artículo en The New York Times, el periodista y cómico Dani Mateo (El Intermedio, La Sexta) escribía en su cuenta de Twitter: "'Europa... ¿Pero qué has hecho?' Con Marianico 'el corto', Lina Merkel y Silvio Berlusconi en el papel de galán maduro. Reirás hasta LLORAR". Si bien el comentario del cómico estaba hecho en clave de humor, no puedo evitar darle la razón. Vivimos una situación en Europa en la que efectivamente, reiremos hasta llorar.
Escribo estas líneas desde el casi más absoluto desconocimiento de cómo se pueden arreglar los desastres por los que todos pasamos actualmente como europeos que somos. Pero sí tengo claro que Europa me parece de chiste. La unión y el consenso a los que parecíamos caminar todos juntos con la formación de una Comunidad Europea, con una moneda común, se han perdido. Cada país busca su propio bienestar, mantenerse a flote, aunque sea a costa de la supervivencia de los demás. La cooperación, la ayuda internacional parecen brillar por su ausencia, y en su lugar, la desunión y el interés cobran fuerza. Todos parecen desconfiar de su vecino, tanto los que no comparten nacionalidad, como en el caso de España, los que sí la comparten. Nos regimos, indudablemente, por la ley del más fuerte.
Los políticos se empeñan en hacernos ver a los diferentes países miembros de la Unión como individuos víctimas de la maldad de "Europa". Y ese es uno de sus grandes fallos. Europa no nos hace ningún mal. Es la desunión y la desconfianza, el afán de imponer unas reglas a los que apenas tenemos voz que nos ahogan, mientras los que sí la tienen continúan viviendo a cuerpo de rey. Es la corrupción y la enorme falta de solidaridad lo que nos hace daño como miembros de una comunidad, de una sociedad, de un continente. ¿Cómo vamos a confiar los ciudadanos en nuestros dirigentes si no predican con el ejemplo? Como española, siento que el Presidente y su gabinete de gobierno me exigen austeridad, que "me apriete el cinturón". Siento que ponen en marcha medidas que únicamente van a dificultar el crecimiento. Siento que llegará un punto en el que no solo tendré que marcharme de mi país si quiero trabajar, si no que además tendré más obstáculos para acabar de estudiar una carrera. Y siento que mientras yo comparto todas estas inquietudes con un porcentaje bastante alto de mis conciudadanos, mi Presidente y su gabinete son acusados de verse envueltos en una trama de corrupción que incluye recibir sobres con grandes cantidades de dinero dentro.
Y sin embargo, ante esta situación, el resto de países europeos tampoco parecen la solución. No solo por sus problemas de índole similar, como ha sido el caso de Italia en los últimos años, si no porque parecemos no tener una conciencia europea. Cada vez existen más trabas para pasar las fronteras, especialmente las británicas si uno tiene la intención de quedarse aunque sea por un corto espacio de tiempo. Es triste pensar que Europa, antaño un continente moderno y cosmopolita, se haya convertido en este viejo huraño que rechaza prestar ayuda a los que lo necesitan. Es triste que Europa ya no sea un hogar para los europeos y que en caso de necesidad uno se vea obligado a dejar su hogar para marcharse a un lugar extraño, quizá el primero en el que le acojan cualesquiera que sean las condiciones.
Como escribía anteriormente, no sé cual es la solución a esta situación, pero creo que el camino que seguimos no es el correcto. De hecho, podría asegurar que la dirección en la que vamos es, a todas luces, la opuesta a una recuperación tanto económica como de espíritu. Olivier Guez decía en su artículo que el factor unificador de la Europa de 1945 fue el pavor. A día de hoy pienso que nosotros, ciudadanos europeos de 2013, debemos devolverle el alma a Europa, un alma basada en su riqueza de culturas y costumbres, de ciencia, de progreso, de fronteras mucho más flexibles. Quizá la respuesta a la crisis que vivimos esté en este aspecto, en recuperar el espíritu europeo que hemos olvidado.
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