jueves, 5 de mayo de 2016

Trabajar dignifica, y yo acabé harta de tanta dignidad

Hacía mucho que no pasaba por mi querido hijo al que siempre termino abandonando. Qué voy a hacerle, soy una madre horrible. Y sí, he eliminado entradas que no llevaban a ningún sitio y que lo último que hacían era darle continuidad a esto. Aunque claro, al interior de mi cabeza ya le cuesta ser coherente, así que imaginen...

Resulta que he cambiado. A lo largo de este año me ha dado tiempo a volverme una cabrona que pasa de todo, a ser la tía guay, a enamorarme, a decepcionarme, a inspirarme, a volver a leer mogollón, a desarrollar mi gusto musical, he empezado a hacer kick boxing y he hecho mis primeras incursiones en el mundo laboral.

Como una ha llegado a la conclusión de que el amor es la mayor mierda que hay, aunque preciosa, dejaremos ese tema aparte y nos centraremos en lo que importa: me he convertido en una mujer trabajadora, independiente, digna. Jodidamente digna.

Todo empezó en mayo del año pasado - que a mí me gusta recordar como el mayo del amor, pero no soy una romántica. A mí no me acusen de eso -. Empecé a pensar que la idea de buscarme un curro de verano no estaba tan mal. Así que feliz, optimista, embriagada de amor y primavera, me lancé a la búsqueda de empleo en la bolsa de trabajo de la universidad. Y COIE, nunca tendré palabras suficientes para agradecerte que me brindaras aquella oportunidad

Envié mi CV a numerosas empresas a las que pensaba que se adaptaba mejor mi perfil. Me volví una loca del coño que lo único que hacía era entrar una y otra vez al GIPE a ver si había cambiado el estatus de mi solicitud, para encontrarme siempre con un "La Universidad está valorando su solicitud". Hasta que un día después de las elecciones municipales, después de haber pasado buena parte de la noche quejándome al chico con el que me enrollaba de que no me estaban dando la oportunidad de demostrar lo que valía, mi teléfono sonó para darme las buenas nuevas: dentro de dos días tienes una entrevista de trabajo Natalia. ¿El empleo? Tampoco espectacular, escribir reseñas de casas rurales no es el sueño de todo periodista, pero menos es nada y además era de esos pocos sitios en los que pagaban por trabajar. 

Pues dos días más tarde me arreglé, fui hasta Suances - también conocido como "donde Cristo perdió el mechero" - e hice la entrevista. ¿Y saben qué? Me jodí y me aguanté, porque había dos plazas y ninguna fue para mí.

Pero que no decaiga el ánimo. Yo no perdí la esperanza, y seguí enviando mi CV a diestro y siniestro con la ilusión de que alguien se fijase en mí. Y el cielo escuchó mis plegarias, porque me llamaron de un lugar que se las prometía bastante bien, aunque no pagaban y nunca me había visto trabajando en una agencia.



De nuevo me arreglé, aunque no sirvió de nada, porque me cayó la tormenta de la historia en los diez minutos que se tardaba de ir del metro a la oficina y llegué allí hecha un desastre. Mi entrevista era en una agencia de comunicación pija de Castellana en la que, cito textualmente de mi credencial del COIE, mis labores iban a ser: "Desarrollo de actividades de Gabinete de prensa: redacción y envío de notas de prensa, relación con medios de comunicación, seguimiento y recogida de apariciones, desarrollo de press-clipping, colaboración en eventos, redacción de textos y desarrollo de artículos de opinión y tribunas, apoyo en encuentros con medios..."

La primera impresión fue un tanto chocante. La oficina tenía la estructura de cualquier piso, pero eso era lo de menos. Llegué, y una recepcionista muy maja me pidió que esperara y me llevó a una sala de reuniones. Y esperé, podéis apostar algo a que esperé. Veinte minutos hasta que alguien se dignó a aparecer. Una chica, vestida bastante normal, vino para hacerme la entrevista. A partir de ahora la llamaremos G.

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Y nada, me cogieron. Me preguntaron cuando podría empezar, y yo les dije que el 25 de junio, porque el 24 acababa los exámenes. Todavía me pregunto el por qué consultar, si tuve que empezar a trabajar un 22. Y así pasó, que en el examen de arte lo único que me faltaba era llorar. Pero no adelantemos acontecimientos.



Mi primer día allí fue... interesante. Me presentaron a mi compañeras - yeah, éramos todo tías, los únicos hombres eran el creativo y el dueño de la empresa -, a todas. Y normal, porque éramos en total doce personas en plantilla, contando conmigo. La compañera con la que yo iba a trabajar (de ahora en adelante, A) tuvo la decencia de hacer algo que G no hizo en la entrevista: avisarme de que había código de vestuario y de que no podía llevar vaqueros, ni leggins, excepto los viernes. G, por su parte, apareció aquel día monísima. La hijaputa hasta se había peinado. Dediqué el día a hacer mi firma de outlook y a eliminar toooooda la mierda que había en la bandeja de entrada, que no era poca. Esa tarde me fui de compras.



En mi tercer día de trabajo ya había decidido que el curro era una mierda: la empresa era un nido de víboras, el trabajo no era el que prometían y para más inri no me pagaban ni el transporte, que de aquella todavía me costaba 40€ al mes. ¿Recuerdan aquella lista de actividades a desarrollar de mi credencial del COIE? Pues miren: no envié ni redacté una sola nota de prensa; mi relación con los medios fue la de llamar para que me diesen algún correo y solo en dos ocasiones traté con los periodistas; el seguimiento y la recogida de apariciones, es decir, el clipping, solo lo hice durante agosto, mes en el que todo el mundo se fue de vacaciones y solo quedábamos dos personas trabajando y una de ellas solo se dedicaba a la cuenta que llevaba. Adivinen: Natalia hizo el trabajo que normalmente hacían entre cuatro personas. Tampoco colaboré en eventos, ni redacté textos, ni artículos de opinión y tribunas, ni apoyé en encuentros con medios. 



Y ustedes se preguntarán... "¿Y qué hiciste, alma de cántaro?" Pues yo les responderé: NADA. Me pasé todo el verano haciendo bases de datos que nunca se terminaban y recortando pantallazos con el Word. Creanme, el tercer día, cuando iba de camino a mi famoso examen de arte, echaba tanto de menos la universidad que estuve a punto de llorar en más de una ocasión

Esta era yo cuando me encontré con una de mis mejores amigas en la facultad ese día

Intenté marcharme, de verdad que sí, pero los medios en este país tienen la bella costumbre de no contestar a los emails que envías con tu CV. Y los meses cada vez se me pasaban más despacio. Y no me pagaban. Encima, nadie allí se molestaba en limpiar y la pelusa rondaba a sus anchas, por no hablar del estado de los estropajos para fregar las tazas de té.

Para añadir más leña al fuego, mi perro se murió en agosto. Decidí que a partir de ahí todo lo relacionado con la empresa me iba a traer al fresco, así que Facebook y Twitter abiertos, me piraba a tomar té cuando me apetecía y empecé a pasar mi días leyendo la Jot Down sin descanso. Para muestra, un botón. Estos son algunos de mis tweets de entonces:






Total, que mi jefe me ofreció en septiembre que me quedase otros seis meses. Casi me río en su cara. Y salí de allí, y nunca miré atrás.

El día 22 de septiembre me despedí de aquella horrible oficina. El día 25 me teñí el pelo de color azul. Y fui feliz, más feliz de lo que nunca había sido.

Ahora trabajo en otro sitio. Hago prácticas, seis meses. Esta vez en Diario Médico, que es de Unidad Editorial. Mis compañeras son encantadoras, mi jefe ayer se lió a golpes con una piñata que nos habían enviado hasta que la rompió y empezó a repartir chuches, así que sí, tengo el mejor jefe del mundo. He abandonado las faldas de tubo, las camisas y los tacones para trabajar y me acompañan mis leggins y mis Converse. Todos los días redacto para la web, y firmo al menos una noticia a la semana. Y me pagan, aunque sea poco.

Ahora me siento digna, hasta realizada. Antes solo humillada.

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